La Ciudad Antigua en el borde del mundo

 

Y estaba el mago encapuchado avanzado a través de la ventisca, con las huellas dejadas sobre la nieve a sus espaldas. Un pesado manto le caía sobre los hombros, protegiéndolo de la escarcha, mientras sus puntas ondeaban al son del viento violento de aquel valle ártico. La luz de la luna devoraba la oscuridad reinante en su camino, iluminando como si fuera de día. 

Entonces, vio a lo lejos desdibujadas siluetas y se encaminó hacia ellas a través de las dunas de hielo y nieve.


Historias de la Luna Invernal 

La Ciudad Antigua en el borde del mundo


Ansa era su nombre. Tanto tiempo había pasado desde que lo había recibido que el significado de este se había perdido, pues por un lado quería decir tramposo y por el otro, virtuoso. No estaba seguro de cual de los dos le pegaba más. La vieja y pesada vara de annistu, el árbol más robusto de su patria, le ayudaba a avanzar a través del escarchado sendero, en dirección a esas formas borrosas que avistaba en su andar.

La noche eterna caía sobre esas tierras ásperas, conocidas como La Luna Invernal.

Densa es la noche en la estepa,

La luna ilumina los nocturnos del frío eterno,

Pobre el viajero incansable,

Que ha de pasar la noche al raso.

Ese fragmento de la balada de Jann Lobo resonaba en su cabeza. 

¿Hace cuanto la había escuchado? ¿Dos semanas? ¿Tres? ¿Quizás 3 años? ¿O tal vez 100? 

Su memoria, si bien no era mala, se volvía cada vez más vagabunda con cada recuerdo acumulado. En su cabeza había cosas tan viejas que ya ni los huesos de la tierra se comparaban. Seguro incluso Jann Lobo llevaba ya muerto un milenio. Se limpió un carámbano bajo su nariz ancha y rojiza, mientras entornaba unos ojos de color pardo incrustados en una cara manchada con una tez en parte blanca y en parte marrón. El cuerpo del viajero era robusto, de hombre curtido, de herrero de oficio. 

Tardo aproximadamente media hora en alcanzar aquellas formas desconocidas. Una extraña ciudad megalítica se erguía ante el, de arquitectura prehistórica. Había sombras en aquel alcázar de la edad de piedra que ostentaban una silueta simiesca y se movían veloz y ágilmente por entre grietas y hendiduras. 

Este lugar…pensó Ansa para si. El lo conocía, pero había pasado tanto tiempo. A su mente volvió el recuerdo de una chica. Una chica y unos canales.

Fanni se llamaba. Si, Fanni. Fanni la de los ojos de gato. Maldito tiempo incompasivo. 

Su forma se desdibujaba en la memoria. Un atardecer sobre la ciudad de los canales y sus puentes de piedra. Antes de la ola ártica de la noche eterna, incluso antes de Fredrika, la de hermosos cabellos y colmillos sedientos. El mago sintió el peso de las eras en sus hombros durante unos segundos. 

El, Ansa, un trotamundos, una anomalía en las adversas tierras de este hermoso planeta. 

Apuro sus pasos. 

¿A qué venía a Nivraen? Ah si, a buscar un objeto que se había olvidado. Pero no recordaba hacía cuanto.

Respiró con dificultad mientras veía el paisaje nevado y mustio.

Oyó un ruido cerca.

Miro en derredor, pero no distinguió más que sombras. Debían de ser los entes simiescos que ahora, 3000 años después, se reguardaban en la olvidado e inimaginable Nivraen la Hermosa. Estas criaturas prehistóricas fueron la evolución de los antiguos habitantes de la ciudad tras el advenimiento de la Noche Eterna. Suspiró con amargura mientras observaba como el mundo antiguo se caía a pedazos. Junto a él se alzaban pesados pilares con muescas artísticas que simbolizaban los glifos protectores de la ciudad, levantados por el Círculo Interior de Melos y que ahora no eran más que el despojo de la magia que precedía a la noche eterna. Ante Ansa saltó entonces una de las bestias que deambulaban por la ciudadela en ruinas.Clavó unos ojos sin pupilas con tonos ambarinos en el mago primigenio y luego se abalanzó contra él sin ninguna razón aparente. Ansa apretó un botón de su vara que activaba una cuchilla retráctil y con ella, punzó al monstruo con apariencia gorilesca, atravesándolo de lado a lado, para musitar entonces unas palabras en antiguo tybalano y hacer que se encendiera en llamas sin aviso previo. La magia no tenía que ser espectacular, solo útil. Ese era el dogma del mago errabundo. La criatura se consumió rápidamente bajo las brasas mágicas hasta volverse cenizas. Más bestias saltaron ante él, pero estas, lo reconocieron cuando se bajo la capucha afelpada. ¿Quién no lo conocía? Humanos, bestias y flora le abrían el paso.


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